memorias de esta-tumba
Monday, February 22, 2010
Monday, July 6, 2009
lo que se rescata de un pen-drive
"Y así, digo, señores míos, que los tales trovadores con justo título los debían desterrar a las islas de los Lagartos. Pero no tienen ellos la culpa, sino los simples que los alaban y las bobas que los creen; y si yo fuera la buena dueña que debía, no me habían de mover sus trasnochados conceptos, ni había de creer ser verdad aquel decir: “vivo muriendo, ardo en el yelo, tiemblo en el fuego, espero sin esperanza, pártome y quédome”, con otros imposibles desta ralea, de que están sus escritos llenos. Condesa de Trifaldi, la Dolorida.
Don Quijote, II. 39
Así dijo la Condesa de Trifaldi hace 403 años. Y nos reíamos de sus barbas, y nos asombraban sus palabras. Lo que son las cosas. Después de tantos siglos resulta que las islas de los lagartos sí que existen. Un día volviendo a casa decidí no ir por el atajo que siempre emprendía para ahorrar 2 minutos de mi valioso tiempo. En realidad iba por el atajo para ser testigo de la progresiva puesta en pie de un nuevo edificio de apartamentos para alquilar el próximo otoño. Eso pensaba yo.
El caso es que un día decidí volver a casa por el camino “largo”, y no por el atajo. Cuando llegué al giro a la izquierda que se suponía debía tomar, encontré en lugar de la señal de STOP algo torcida un gran charco. Ese día andaba algo decaída así que, miraba en dirección al suelo. Traté de rodearlo para no empaparme los pies. Y no lo logré. Finalmente levanté la cabeza, como si ese gesto me proporcionara un aspirador de aguas, un velero o unas catiuskas. Levanté la vista, digo, y todo era agua. Todo no, claro, porque entonces habría llegado al mar, y en kalamazoo, no hay mar. En el centro más céntrico de toda esa masa líquida se vislumbraba un pedazo de tierra. Unas pequeñas manchas semejaban hombres tendidos al sol. Como lagartos. No podían ser las islas de los lagartos, porque sólo había una. Sería entonces la isla del lagarto, pero como había más de uno entonces sería la isla de los lagartos. Y eran hombres, y eran mujeres. Bebían de unas copas extremadamente alargadas un líquido de color amarillo-limón, me recordó a la fanta, pero luego me reí de mi estulticia, pues, como todo el mundo sabe, los lagartos no toman bebidas carbonatadas. La mayoría tumbados boca arriba. Muchos de lado. Otros tantos sentados. ¿En qué empleaban el tiempo? Cómo lo voy a saber. Sólo los vi de lejos, pero había señales por todas partes en donde se podía leer sus anteriores ocupaciones: cantautores, poetas, pintores, incluso algún cuentista. Como si fuera su obligación anunciar su condición para evitar a un posible curioso como yo las ganas de acercárseles. Tenían unas colas largas que empleaban para alejar a las musas que se les aparecían en forma de tábanos gigantes. Me figuré que estaban condenados.
Digo me figuré, porque nunca entré en la isla. Metamorfoseados y condenados. El gobierno de George W. Bush había establecido que todos aquellos que cantaran, escribieran, pintaran o cuentearan sobre el amor, sus causas, efectos o su naturaleza debían ser allí alojados, porque las colas protuberantes que misteriosamente salían de lo alto de su trasero no eran políticamente correctas. Habían hecho ya demasiado daño emocional a mujeres, a hombres. Aquéllos que habían creído en un “algo más”, en una ilusión atemporal, intangible e inexplicable que les proporcionaba fuerzas para ir buscando dulcineas y castillos, montados sobre caballos clavileños, para llegar a unas bodas de Camacho y después salir contándolo en Oprah.
De repente el sol me cegó. Mis gafas de sol se deshicieron por sorpresa y sentí que caía en un movimiento uniformemente acelerado dentro de una sima, en donde ya no había sol, pero sí había luz. Desde las profundidades de la sima, y suponiendo tener la isla de las tortugas encima, palpé los alrededores de mi cuerpo, y sentí tierra. Levanté la cabeza, buscando instintivamente la salida, y me encontré con que me hallaba en otra isla. Toda plagada de hombres, de mujeres, metamorfoseados en tortugas. Allí habían ido a parar los hombres, las mujeres, aquéllos que alguna vez habían creído en eso que los cantautores cantaban, los escritores escribían, los pintores pintaban y los cuentistas... contaban. Como se sabe, las tortugas no emiten ningún sonido, ni siquiera cuando están muriendo. Ellos tampoco, o, debería decir, nosotros tampoco. Pensé que sería porque preferían aceptar en silencio que se veían condenados por creer en un “algo más”, en una ilusión atemporal, intangible e inexplicable, que les proporcionaba fuerzas para seguir pensando que preferían su vida de tortugas antes que volver por el atajo, ahorrando dos minutos de valioso tiempo, llegando a casa con el tiempo suficiente para pensar que quizás sea verdad que “vivo muriendo, ardo en el yelo, tiemblo en el fuego, espero sin esperanza, pártome y quédome”. Aunque la Condesa de Trifaldi prefiriera no volver a verse movida por estos trasnochados conceptos.
Tuesday, May 5, 2009
bailando
Ni voy a hacer un comentario de texto ni me acaba de gustar Gabriela Mistral, la Nobel de Literatura autora de esta poesía. Sin embargo desde que conocí a la bailarina he sentido profunda simpatía por ella. Ni go-gó –porque ellas se saben miradas-, ni danzante –porque su danza no es aprendida-. Bailarina sin música. Bailarina descalza. Y copio a los del anuncio de cocacola: para las arrítmicas, para las tímidas, para las fiesteras, para las que no saben bailar, para las que lo han olvidado, para las que no follan en Cuaresma, para las que les amputaron los pies –que bailen con las manos-,... Para ti Nuria. Quédate descalza y baila.
El nombre no le den de su bautismo.
Se soltó de su casta y de su carne
sumió la canturia de su sangre
y la balada de su adolescencia.
Sin saberlo le echamos nuestras vidas
como una roja veste envenenada
y baila así mordida de serpientes
que alácritas y libres le repechan
y la dejan caer en estandarte
vencido o en guirnalda hecha pedazos.
Sonámbula, mudada en lo que odia,
sigue danzando sin saberse ajena
sus muecas aventando y recogiendo
jadeadora de nuestro jadeo,
cortando el aire que no la refresca
única y torbellino, vil y pura.
su palidez exangüe, el loco grito
tirado hacia el poniente y el levante
la roja calentura de sus venas,
el olvido del Dios de sus infancias.
La foto es de Memo Vasquez
Sunday, May 3, 2009
categorizando
Alguien me dijo alguna vez que los blogs eran la manera más moderna de mostrar el narcisismo en su estado más puro. En parte y según se mire, puede ser cierto. Los narcisistas son los que más necesitan que el otro reconozca su supuesta superioridad. Quizá no deberíamos llamarles narcisistas, sino... categóricos. O tontos a las tres. Sí. Hablo de esa gente que sabe de todo: desde el proceso de fertilización artificial de los pingüinos de Longui hasta el mecanismo exacto en que arrancar los pétalos de la margarita para que te diga lo que quieres oír. O lo que al categórico le salga de los... sesos.
La filosofía categórica tiene un decálogo:
- los categóricos no piensan, saben. El que los escucha sorbe sus palabras porque en ellas encuentran la sabiduría.
- los categóricos no ponen nada en duda. Porque a “nada” la conocen como si la hubieran parido.
- a los categóricos no les hace falta leer. Porque ellos podrían haber escrito lo que ya está escrito.
- los categóricos no preguntan. Responden.
- en un intercambio comunicativo los categóricos introducen sus respuestas con un... “eso no es así”. (siempre y cuando alguien haya tenido el valor suficiente de expresar su opinión ante ellos).
- los categóricos no argumentan: ratifican, no proponen: exponen, no opinan: revelan su sabiduría.
- los categóricos no ayudan con sus ideas o propuestas: te salvan la vida. O te la perdonan, según que casos.
- a los categóricos no se les acepta en una reunión, grupo o conversación. Simplemente se agradece su existencia, debemos preguntarnos cómo hemos podido vivir sin ellos.
- los categóricos sólo se ríen de sus gracias, los demás “la tenemos en el culo”. La gracia, digo.
- y por último: recuerden que los categóricos jamás se sientan. Sientan cátedra.
Si alguna vez se topan con un tonto a las 3, digo... un categórico. Recuerden que...
“En 1972 cuatro de los mejores hombres del ejercito americano que formaban un comando, fue-ron encarcelados por un delito que no habían cometido, no tardaron en fugarse de la prisión en la que se encontraban recluidos, hoy buscados todavía por el gobierno sobreviven como soldados de fortuna, si usted tiene algún problema y se los encuentra quizá pueda contratarlos.....”
Wednesday, April 1, 2009
CAMINANTE, SÍ HAY CAMINO...
Todos los caminos llegan a Roma, pero... cuando estás en Roma, ¿adónde llevan los caminos? El limbo en estado puro está en Puebla de Sanabria. Los caminantes realizan itinerarios en espiral. Vuelven y revuelven y no dan crédito a su siempre caminar. Cuando creen llegar a un destino se dan cuenta de que no saben si es aquél que buscaban. Así, siguen caminando. No se cansan. Algunos, más melancólicos se frustran ante la pleonásmica incertidumbre. Por eso en la esquina de la Calle Rua hay un espacio donde se sientan a esperar alguna señal que los conduzca a un fin. Se enzarzan en discusiones ontológicas, se frustran porque no aparecen en ningún GPS. Los más irónicos ríen ante estas almas perdidas que buscaban una guía. A veces se sientan con ellos y les hacen compañía. Pero la mayoría sigue su caminar. Y retornan a la Calle Rua y piensan en que todos los caminos llevan a Roma, pero... cuando estás en Roma, ¿adónde llevan los caminos?
La foto es de Rodrigo Alonso. Espero le guste. Obrigada!
por el ranchillo de alguna
o tal vez en lugar de palabras debamos hablar de ideas. las muy putas se han hecho muy hogareñas, y, aunque haya llegado la primavera no asoman el morro. pues nada, que se queden con la manta hasta las orejas, que ya vendrán ya... y como ahora, no sé si estaré esperándolas. seguramente no.
Wednesday, January 21, 2009
a veces llega un momento en que...
A veces llega un momento en que los momentos son como las fotos polaroid: una belleza instantánea va formándose, adquiriendo contornos y nitidez, belleza y brillo, y desvela sus secretos. A veces llega un momento en que esos momentos son, como las polaroid, para guardar como los mejores recuerdos. A veces llega un momento en que piensas cómo es posible que esos flashes de vida surjan de pronto de aquella nada opaca a la que te enfrentabas. Nada que ahora no es nada. A veces llega un momento en que te observas a ti mismo en esos momentos, y, como en las polaroid, no reconoces tu gesto, tu sonrisa, tu felicidad. Te cuesta creer que esos momentos sean huella de un trozo de tu vida. Parecen ficción. Sólo eso diferencia mis momentos de las fotos polaroid; esos momentos me dicen que soy más real que nunca. Y me llena.
Photo by Pintor
