Ni voy a hacer un comentario de texto ni me acaba de gustar Gabriela Mistral, la Nobel de Literatura autora de esta poesía. Sin embargo desde que conocí a la bailarina he sentido profunda simpatía por ella. Ni go-gó –porque ellas se saben miradas-, ni danzante –porque su danza no es aprendida-. Bailarina sin música. Bailarina descalza. Y copio a los del anuncio de cocacola: para las arrítmicas, para las tímidas, para las fiesteras, para las que no saben bailar, para las que lo han olvidado, para las que no follan en Cuaresma, para las que les amputaron los pies –que bailen con las manos-,... Para ti Nuria. Quédate descalza y baila.
El nombre no le den de su bautismo.
Se soltó de su casta y de su carne
sumió la canturia de su sangre
y la balada de su adolescencia.
Sin saberlo le echamos nuestras vidas
como una roja veste envenenada
y baila así mordida de serpientes
que alácritas y libres le repechan
y la dejan caer en estandarte
vencido o en guirnalda hecha pedazos.
Sonámbula, mudada en lo que odia,
sigue danzando sin saberse ajena
sus muecas aventando y recogiendo
jadeadora de nuestro jadeo,
cortando el aire que no la refresca
única y torbellino, vil y pura.
su palidez exangüe, el loco grito
tirado hacia el poniente y el levante
la roja calentura de sus venas,
el olvido del Dios de sus infancias.
La foto es de Memo Vasquez


